Sanitarios se sienten indefensos ante el aumento de agresiones en zonas de ocio
El abuso de alcohol y drogas multiplica los ataques a personal de ambulancias cuando acuden a atender, sobre todo, intoxicaciones etílicas Si reciben una llamada de un lugar conflictivo, piden que les acompañe una patrulla camuflada de Policía en previsión de incidentes
AINHOA DE LAS HERAS
Las agresiones suelen producirse cuando se va a atender una intoxicación etílica. / LUIS CALABOR
REACCIONES
«Te echan piedras, te pegan patadas, la gente ya no respeta, no nos ven como a una autoridad médica, sino como a unos peleles de amarillo, que encima son voluntarios». El crudo testimonio de un sanitario de una ambulancia vizcaína muestra la indefensión en la que aseguran sentirse los trabajadores de las emergencias ante el repunte de agresiones, especialmente en las zonas de ocio, cuando acuden a asistir a personas con intoxicaciones etílicas severas. Sorprende que aquellos que intentan auxiliar puedan terminar heridos.
El último episodio se registró la tarde del pasado martes, día de Navidad, cuando los miembros de una ambulancia de Osakidetza de la base de Urioste fueron recibidos con insultos cuando iban a realizar una asistencia. El lunes, Nochebuena, un conductor y una enfermera de la DYA sufrieron un trato vejatorio similar al atender a una mujer en estado de embriaguez y con problemas respiratorios en un bar del número 1 de la calle Euskalduna de Bilbao.
«Cuando llegamos al lugar, la mujer estaba tirada en el suelo y con respiración agitada, y se encontraba rodeada de familiares, amigos y demás clientes del local, que se pusieron violentos», explican los afectados en su informe. Mientras los sanitarios tomaban las constantes vitales a la víctima, uno de los presentes, que se identificó como hermano de la joven, empezó a «gritar y a agitar los brazos, lanzando improperios».
Al ver que el ambiente se caldeaba, los facultativos solicitaron el apoyo de una patrulla policial y, al principio, obtuvieron «evasivas como respuesta», debido a la «saturación del trabajo de estos días», explica el doctor Juan Antonio Usparitza, presidente de la DYA. Finalmente, una furgoneta de la Ertzaintza con ocho efectivos aseguró la zona de trabajo y los miembros de la DYA pudieron extraer a la paciente en camilla hasta la ambulancia y trasladarla hasta el hospital de Basurto.
El doctor Usparitza denuncia que este tipo de actitudes «rompen con el espiritu de los voluntarios, que no cobran un duro, y a los que sus familiares recomiendan que abandonen antes de seguir sufriendo agresiones». Hace diez días, el ataque fue aún más grave. Sanitarios de la DYA fueron «zarandeados» y recibieron «agarrones y patadas» en una salida en Bilbao. En aquella ocasión, los afectados presentaron denuncia ante la Ertzaintza.
La directora de Emergencias del Departamento de Sanidad del Gobierno vasco, Teresa Garmendia, apunta a que en estos casos, que ocurren en zonas de copas durante las noches de los fines de semana, suelen «estar el alcohol y las drogas de por medio».
Agresiones verbales
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Los equipos de las UVI móviles, que se utilizan para los supuestos más graves, han sufrido sobre todo «agresiones verbales». «Hace 20 años era impensable que a un médico o a un sanitario se les agrediera; se ha perdido el respeto, la valoración del profesional médico y sanitario ha bajado», lamenta Garmendia. Osakidetza puso precisamente en marcha hace un año un protocolo para este tipo de agresiones, que «ha recibido unas 10 notificaciones hasta la fecha, aunque no todos los ataques se comunican».
En la mayoría de ocasiones, lo que el entorno de la víctima reprocha a los sanitarios es que hayan tardado en llegar. «La gente no conoce los pasos de una emergencia, igual se han retrasado porque estaban atendiendo a otra persona o porque había tráfico, pero eso no importa, se enfadan y lo pagan contigo», lamenta un afectado. «Personificar la culpa es una reacción humana; si ha habido un accidente y la persona ha muerto, no se piensa que conducía demasiado rápido, sino que el sanitario lo ha hecho mal», afirma Teresa Garmendia.
Las zonas de ocio, como el Casco Viejo, cuyos cantones le convierten en una ratonera, resultan especialmente conflictivas. Cuando reciben una llamada para acudir allí, «siempre tiene que ir con nosotros una patrulla, aunque sea camuflada». También la Policía ha de tomar medidas contra posibles ataques. «Antes de ir, preguntamos si hay apoyo, no es cuestión de jugarse el tipo», advierte un sanitario. «A este paso, tendremos que llevar cascos antidisturbios y chalecos antibalas».
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