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Un repartidor salva la vida a niño de 6 años...

Tema en 'Noticias de emergencias' comenzado por JORGE SECO, 24 Dic 2005.

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  1. JORGE SECO

    JORGE SECO e-mergencista experimentado

    La Coruña.

    La tragedia ocurrió sobre las 6 de la tarde.Dos niños de 3 y 6 años estaban en su domicilio. Un repartidor que iba en su moto vió como salia humo del quinto piso de un edificio y dos niños gritando.

    El repartidor dejó su moto, subió corriendo las escaleras y derribó la puerta de la casa a patadas. Llegó hasta la cocina, cogió a un niño de 6 años en brazos y lo bajó hasta el descansillo del tercer piso, volvió a subir y a entrar en la vivienda, pero el humo y el calor acumulado le impidieron adentrarse en el piso para localizar a la pequeña de 3. Al poco tiempo llegaron los bomberos, que rescataron a la pequeña con una autoescala, ya inconsciente, le practicaron rcp pediátrica, pero la pobrecilla falleció poco tiempo después :cry: :cry:

    Según los compañeros del repartidor, el joven estába muy consternado por no poder salvar a los dos pequeños y le dijo a la madre de ellos que no pudo hacer nada más.

    El niño de 6 años ya ha sido dado de alta.

    Perdonar mi expresión, pero ¡Olé tus huevos! Aunque fue una tragedia, gracias a ese joven repartidor, la tragedia no fue más allá.

    Mi mayor admiración al repartidor y mi pésame a la familia.
     
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  2. JORGE SECO

    JORGE SECO e-mergencista experimentado

    http://www.lavozdegalicia.es/se_galicia/noticia.jsp?CAT=102&TEXTO=4368670

    Me llamo Fernando Wonenburger García y no soy un héroe. Soy un mensajero de 25 años, un chico de barrio, del barrio de Monte Alto, en A Coruña, que el jueves vivió algo parecido a una película con final infeliz. Porque no, no fue una peli: fue real. Hay una niña muerta. Como aún lo tengo presente, lo contaré en presente.

    Pasan de las cinco y media de la tarde. Voy en mi Yamaha Aerox por el Castrillón. Tengo que entregar un sobre en el número 50 de la calle José María Hernansáez. Trabajo en Nacex, empresa de mensajería. Al llegar al destino escucho llantos. Echo un vistazo. Por la calle vienen dos críos. «Habrán sido ellos», pienso. Me subo a la moto y tomo por la calle Oza dos Ríos. Lo hago para atajar. Estoy en el medio de la calle y tengo un presentimiento. Paro. No escucho nada con el ruido de la moto, pero paro. A la derecha, en el último piso de una casa, veo sus cabecitas. Las de un niño y una niña. Gritan:

    -¡Socorro, nos ahogamos!

    -¡Id hacia la puerta! ¡Hacia la puerta!

    -¡No podemos!

    Bajo de la moto. Pasa un señor por la calle: «Llame a Bomberos», le pido. Timbro en todos los pisos. Nadie contesta. Los críos gritan arriba. Una señora se acerca. «Toma la llave. Es ésta, la colorada». Abro. Subo las escaleras. Como una centella. Tengo que llegar al quinto. Por el camino aporreo puertas y grito «fuego, fuego». En el rellano del tercero hay una señora y un señor.

    -Huele a quemado, neniño.

    -Sí, pero apártense del medio y abran las ventanas.

    Llego a la puerta. Sale humo por debajo. Me parte el pecho recordar la imagen de los críos en la ventana. No me lo pienso. Aprieto los dientes y para dentro. Bueno, antes tengo que tirar la puerta. Primera patada: se mueve. Segunda: se abre el marco. Pienso que si están detrás les podría hacer daño. Bueno, que se coman un portazo es mejor que estar en esa caldera. Tercera patada: cae la puerta. El humo, negro, denso, viene hacia mí. Grito: «¡Salid, salid!». No contestan. Entro. Casi en cuclillas, que abajo hay menos humo, como aprendí en el Curros Enríquez, mi colegio. Avanzo cuatro metros entre la humareda. A unos pasos, distingo unos pies. Alguien tose. Es él, el crío. Agarro su brazo. Lo saco. Veo por fin su cara. Está negro. Echa babas negras, el pobrecito. Me habla:

    -Gracias, gracias, gracias. Saca a mi hermana.

    Lo dejo en el tercero, con la vecina. Tengo que ir a por su hermana. Subo. Oigo unos pasos. Un chico, Julio, y un señor van delante. No llegamos a la puerta. El humo se ha vuelto naranja. ¿Será gas? ¿Algo químico? Después me dirán que era naranja porque estaba ardiendo un colchón, pero yo no soy bombero. Tampoco los otros. Nos asustamos. No se ve. No se respira. La garganta pica. Esta casa es una cámara de gas. Bajamos. El humo naranja también baja. Ya está en el tercero.

    Aparece una mujer. Es la madre. Dice que hay una niña arriba. Lo sabemos. Pero no se puede hacer nada. A ver si llegan los bomberos. Ella no espera. Sube. «No vaya, se va a quedar atrapada», le digo. No hace caso.

    -Me da igual. Es mi hija.

    Pasan diez minutos. Baja cuando ya creíamos que no lo iba a contar. Viene negra. Grita desde lo alto de la escalera.

    -Sacad a mi hija.

    Se desmaya. Cae por las escaleras. Se la llevan. Llega la policía. No puede subir. No tienen máscaras. Llegan los bomberos. Sacan a la niña. Creo que muerta. Abajo, en la calle, la madre llora: «Decidme si está viva». «Intentaremos reanimarla», le contestan.

    Enciendo un pitillo. Un bombero me dice: «Con el humo que has tragao ...». «Pues eso, si ése no me ha matado, éste tampoco». Viene la madre. Me abraza. Lloramos. :cry: :cry:

    -Tú lo sacaste, tú...

    -Más no pude hacer, señora, más no pude hacer...

    -Me salvaste a uno, gracias, gracias...

    Me voy. Mi jefe me da el resto de la tarde libre. Quedo con Lorena, mi mejor amiga. «No quiero regalo de Navidad. Sólo que se salve la niña», le digo. Me llaman del trabajo para hacer un servicio urgente. Lo hago y pienso en ir al hospital, pero me entero por la radio de que ha muerto. Me hundo. No me quedo en casa. Salgo. Vuelvo y no duermo. En el sofá, la cabeza da vueltas: «Si llego a aguantar la respiración podría haber avanzado más...», «si la niña llega a acercarse a la puerta...». Me queda cierto resquemor.

    Un nuevo día. Me levanto del sofá para ir a trabajar. Me llaman de RadioVoz y les cuento. Voy con La Voz al lugar del suceso. Aún huele a quemado. Veo la ventana de la izquierda, de la que asomaban sus cabecitas, y me santiguo.
     
  3. wenchulaf

    wenchulaf e-mergencista experimentado

    Increible, ojala hubiese mas gente como este chico.

    un abrazo Fernando.
     
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